Un estudio ofrece quizás la evidencia más sólida hasta la fecha de que la educación puede ayudar a mitigar el riesgo de demencia a largo plazo. El análisis, dirigido por investigadores de la Universidad de Wisconsin-Madison y la Universidad del Sur de California (Los Ángeles), demuestra que una reforma educativa en el Reino Unido -que aumentó en un año la edad mínima para abandonar los estudios- redujo la incidencia de demencia hasta 50 años después.
Los participantes del estudio cuya genética los situaba en un mayor riesgo de desarrollar la enfermedad de Alzheimer (EA) y demencias relacionadas con el alzhéimer (ADRD, por sus siglas en inglés) fueron quienes más se beneficiaron de dicha reforma.
El Doctor Richard Hodes, director del Instituto Nacional sobre el Envejecimiento de Estados Unidos,expresó que "Estos hallazgos refuerzan la idea de que el riesgo de demencia está determinado por factores que van más allá de la carga genética de cada individuo, y que cambios como una mayor escolarización pueden compensar la vulnerabilidad heredada".
La relación entre un mayor nivel educativo y una reducción en el riesgo de demencia no es una idea nueva; de hecho, existe una correlación ampliamente documentada entre ambos factores. Sin embargo, a los científicos les ha resultado difícil determinar si este vínculo es de carácter causal. Para ello, sería necesario comparar una intervención con un grupo de control dentro de una población numerosa de estudiantes y realizar un seguimiento a largo plazo. Casualmente, una ley promulgada en Inglaterra, Gales y Escocia en 1972 brindó a los investigadores una oportunidad de este tipo.
Una reforma de la educación obligatoria en el Reino Unido elevó de 15 a 16 años la edad mínima a la que los estudiantes podían dejar la escuela, lo cual afectó a aquellos nacidos después del 1 de septiembre de 1957. Este cambio supuso un aumento del 14 % en el número de estudiantes que permanecieron escolarizados hasta los 16 años. Para evaluar el impacto de este incremento en la incidencia a largo plazo de la enfermedad de Alzheimer y otras demencias relacionadas, los autores analizaron datos médicos de más de 100 000 participantes de una amplia cohorte sobre el envejecimiento: el UK Biobank.
Los diagnósticos realizados antes de diciembre de 2022 -momento en el que los participantes de mayor edad alcanzaron los 65 años- sirvieron como base principal para comparar los grupos afectados por la reforma educativa frente a aquellos que no lo estuvieron. Vale destacar que los investigadores obtuvieron diagnósticos a partir de múltiples fuentes -incluidos historiales médicos, registros hospitalarios y registros de defunción- con el fin de limitar el impacto del sesgo de supervivencia y otros sesgos que podrían distorsionar los datos, favoreciendo a aquellos individuos que tuvieron acceso a un diagnóstico durante su vida.
Los investigadores hallaron que un año adicional de escolarización redujo la incidencia de la enfermedad de Alzheimer y trastornos relacionados (AD/ADRD, por sus siglas en inglés) durante los 50 años siguientes en un 0,88 %; un efecto considerable, dado que las tasas generales de demencia en la población estudiada eran bajas. Este efecto resultó más marcado en los participantes de alto riesgo que portaban variantes genéticas específicas, conocidas por aumentar la incidencia de estas afecciones.
Asimismo, vincularon la reforma educativa con mejoras en factores socioeconómicos y otros aspectos de la salud, lo que sugiere posibles mecanismos a través de los cuales la educación podría mitigar el riesgo de demencia. Si bien los hallazgos respaldan la tesis de que una mayor formación académica ayuda a reducir el riesgo de demencia en etapas posteriores de la vida, los autores recomiendan cautela al interpretar los resultados, ya que la edad de los participantes se limitó a un máximo de 65 años. A medida que la cohorte estudiada envejezca y los diagnósticos de demencia se vuelvan más frecuentes, las diferencias entre los grupos podrían aumentar o disminuir con el paso del tiempo.
La Doctora Silvia Barcellos, doctora en economía de la salud en Wisconsin-Madison y autora principal del estudio, expresó que "El mensaje central no reside tanto en las cifras concretas, sino en la naturaleza de la relación entre la educación y la demencia. Existen pocas opciones preventivas, por lo que incluso una sola podría marcar una diferencia enorme".
El estudio fue financiado por los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos (NIH).






